Sólo un pibe, un pibe chorro.

Oswaldo Guayasamin

Era un preso. Un paria de la sociedad. Y el Estado neuquino lo asesinó. A miles nos dolió cuando el Estado mató a un maestro, allá por el 2007. Miles marchamos y pedimos justicia. Pero claro, Cristian Ibazeta no era un maestro. Había sido un chorro. Y en la U11 purgaba su culpa. Vaya si la purgaba. A los golpes, con varillas de hierro en las plantas de los pies, con pisotones y más golpes. Torturándolo. Como a muchos de sus compañeros de pabellón. Hasta que el martes pasado lo mataron. A los golpes, que esta vez no resistió. Con 24 puñaladas, que su cuerpo no pudo aguantar. Con la mandíbula rota y los órganos comprometidos.
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Recuerda Alicia


Joan Miró - MujerRecuerda Alicia que sintió mucho miedo. “Desde temprano mis jefes sabían que ese día me iban a ir a buscar. Pero no me dijeron nada”. Trabajaba en la secretaría de Obras Públicas, y la idea era que no pareciera que desde allí la habían marcado y entregado. Por eso la hicieron salir a la calle, con su guardapolvo blanco. Pero apenas pisó la vereda dos tipos de civil la tomaron de los brazos. “Grité. Grité muy fuerte porque me había asustado y creí que me iban a matar. La gente que pasaba por el lugar se acercó a ayudarme, y fue recién ahí que los tipos se identificaron”. Eran de la Federal, y estaban haciendo un operativo. Seguir leyendo

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Es tu culpa

Espalda de una desnuda sentada – Diego Rivera

Vos originás este drama. Lo venís originando desde hace miles de años, y lo seguís haciendo. Tu supuesta hombría no repara en las consecuencias que provoca, y lo naturalizás de tal manera que jamás te harías cargo del delito que estás apañando.

No te llamo delincuente porque técnicamente no lo sos. Pero sí sos el culpable de que este delito exista. Vos lo provocás al suponer tan naturalmente que no obligás a hacer nada malo a nadie si pagás por lo que querés. Como quién compra un caramelo en un kiosco, vos pagás por una mujer que te la chupe. Vos querés coger, y vas y le pagás a un mina. Ni siquiera a una mina; le pagás a una puta, que para vos es mucho menos que una mujer. Total, qué tiene de malo, ¿no? Seguir leyendo

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Cárceles y pobreza: un continuo en el tiempo

Las manos de la protesta – Oswaldo Guayasamin

Entrar es fácil. Nadie está exento de esto. Vos tenés una vida buena, en sociedad, te mandás una macana y de golpe y porrazo te encontrás con un muro y una reja. Es muy jodido.

Estas palabras fueron dichas por un interno de la U11 hace unos años. Con mis compañeras de Zainuco, escuchábamos en silencio. Habíamos ingresado, como lo hacíamos habitualmente, para atender las denuncias por malos tratos que estaban recibiendo de parte de los guardia cárceles.

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La ansiada objetividad

Entre todas las preocupaciones existenciales que comparten, por ejemplo, periodistas e historiadores/as, pocas son tan recurrentes como el de la objetividad de su discurso.

Inevitable y periódicamente, el tema aparece de una u otra forma en cuanta discusión mediática se establezca, tan como en discusiones acerca del pasado (generalmente de aquellos conflictivos y cercanos), como un oscuro espíritu que se hace necesario exorcizar a través de un certero conjuro de palabras. Como si la certeza de la objetividad del discurso produjera, en quienes lo reciben, una suerte de seguridad amparada por una inmaculada y virgen verdad.

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Libertad

Foto: mocuishle81

“La libertad es lo más grosso que podemos llegar a tener; y el peor castigo que te pueden dar es perderla. Estando afuera, en sociedad, uno no se da cuenta de lo que es, pero una vez que te pasa algo asi tomás conciencia de lo que perdiste”. Conrado es un interno de la Unidad Nº 11 de Neuquén, y esto fue lo que me dijo hace un tiempo, entre mate y mate tras los muros de esa prisión.

Fabián, su compañero, no coincidió: “¿De qué libertad me hablás? ¿De la que no me da laburo? ¿De la que hace cagar de hambre a mis hijas? Si robás te pueden agarrar, lógico. Pero si no, por ahí te sale bien y te parás. Y ahí la libertad es otra cosa”.

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Crónica de una fuga

La escuelita, según la imaginación de Pedro (mi hijo) a sus 7 años

Pegó la última pitada a su cigarro y lo arrojó sobre la calle de tierra. Lo pisó. Levantó la mirada, respiró hondo. De vuelta en Plottier, Hugo tenía algo que hacer. El viaje a Viedma no había sido en vano, y con el dinero que le había dado el partido las compañeras que estaban guardadas en una chacra podrían zafar un tiempo más. O escapar, que para entonces era casi lo mismo.

Hurgó en los bolsillos de su jean gastado bucando unas monedas. Miró el reloj. Aún había tiempo para un trago en el boliche que estaba frente a la obra en la que trabajaba. Quedaba camino a su casa, y hacia allí se dirigió. Saludó, como de costumbre, levantando la cabeza, sonriendo, y pidió un vino. El Gordo lo miró desde atrás de la barra. Terminó de fajinar un vaso y colgó el trapo sobre su hombro. “Che, te anda buscando la cana a vos”, dijo mientras destapaba una botella. “Andan dos coches; tipos de civil. Son de la pesada, del Comando. A uno yo lo juno”. Hugo apuró el vaso, recogió el bolso que había dejado en el piso, y salió. Seguir leyendo

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El golpe no fue precipitado, ni la militancia ingenua

Me quedé pensando luego de leer la nota de mi compañero de Jorge Sabatini, publicada en (8300) web bajo el título “A proposito de la Noche de los Lápices”. Es indudable que su pluma es capaz de movilizar hasta los corazones más insensibles, incluso al momento de dar cuenta de un tema tan caro a nuestra historia nacional.

Utilizando como disparador la rememoración de la Noche de los Lápices, recorre de manera sintética y sentida su propio pasado militante, en una época en la que serlo significaba bailar con la muerte disfrazada de pretendiente. Treinta mil ausentes y un número aún mayor de sobrevivientes son prueba suficiente de que ello fue así. Recorre Jorge también algunas facetas del movimiento Montoneros y cómo la historia finalmente dejó en claro que no fueron ellos los responsables de la masacre de Ezeiza, para terminar su escrito argumentando que si bien esto último fue así, no se puede dejar de ver a esa agrupación peronista como la responsable de precipitar “el golpe del 76 y el proceso que lo siguió”. Y es sobre esto en lo que quiero detenerme, ya que lejos de acordar con esta tesis, creo que discursos basados en argumentos de este tipo ponen en serio peligro cualquier posibilidad de comprender este pasado tan presente, por varios motivos. Seguir leyendo

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Abel Cháneton, periodista

Abel Cháneton supo ser muchas cosas. Fue telegrafista, juez de paz, jefe de policía, martillero público, concejal y presidente del Concejo Deliberante, quien en ese entonces –segunda década del siglo XX- hacía las veces de intendente de la ciudad. Sin embargo, y tal como años más tarde confesara sobre sí mismo Rodolfo Walsh, Abel Cháneton también decidió que, de todos los oficios terrestres, el violento oficio de escribirera el que más le convenía.

Y vaya si fue violento. Tanto, que los dos dejaron la vida en ello.

¿Habrá sabido Rodolfo Walsh de la historia del periodista neuquino que fue asesinado por enfrentar al poder? ¿Habrá leido, o le habrán contado de las angustias que tuvo que sobrellevar por buscar la verdad y ponerse del lado de los que… no tienen lado?

Almas de este tipo deben haber tenido algún tipo de conexión, más allá del signado por la muerte violenta que a cada uno les propinaron quienes entonces detentaban el poder político, económico y militar. Seguir leyendo

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