La necesidad de sentir lo indecible, y decirlo


Terezín - Foto de Madó Reznik

Terezín – Foto de Madó Reznik

 ¿Qué hay de indecible en todo esto?

Es la pregunta que invade mis pensamientos una y otra vez en los que me encuentro frente a vestigios del horror; testimonios dados por imágenes, muestras fotográficas, documentales, relatos de vida, poemas… voces que hablan de la capacidad ¿inexplicable? que tiene el ser humano, un puñado de personas, unos pocos hombres, para asesinar masivamente a miles, millones de otros hombres y otras mujeres; miles y millones de niños y niñas; miles de millones de sonrisas y miradas.

Mucho tiempo quedé pensando sobre lo indecible, luego de salir de aquella exposición en Buenos Aires, en los que Rosa Revsin acompañaba con sus fotografías una veintena de poemas que niñas y niños escribieron estando prisioneros en Terezín. Había algo en esas imágenes, en esas escrituras, que no me permitían reproducir verbalmente lo que mis ojos habían visto y mi corazón sentido. Había algo –era evidente- que no estaba al alcance de mis palabras.

Algo tenían esas imágenes y esas escrituras que no dejaba de conmoverme. Algo había logrado atravesar mi cuerpo y me hizo  sentir lo que ningún relato histórico sobre la barbarie había logrado hasta entonces. Algo que ni siquiera había logrado aquel recorrido que años antes me llevó cual turista del horror ajeno por el campo de concentración de Dachau, con sus memoriales y sus literas grabadas en los costados, con sus fotografías de cuerpos reventados por los experimentos nazis, con sus hornos oxidados de puertas rechinantes, con las paredes arañadas de sus cámaras de gas.

Algo tenían esas palabras que los trece años de Hanus Hachemburg habían grabado en una hoja de papel. Y no dejaba de golpear en mi cabeza.

Una vez fui un niño,
hace tres años.
Un niño que ansiaba otros mundos.
Ya no soy un niño,
porque he visto el dolor.
Ahora soy un adulto
he conocido el miedo.

 ¿Por qué me siento tan miserable frente a estas imágenes? ¿Por qué este nudo en el pecho al escuchar estas voces?

 ¿Por qué me llena este vacío?

 ***

¿Cómo decir, cómo contar, cómo transmitir y dar cuenta de aquello que no se puede decir? ¿Cómo explicar los olores inexplicables? ¿Cómo sentir el fétido hedor de aquellos cuerpos quemados, sin haber estado frente a los hornos crematorios en el preciso momento en que las llamas los desaparecían?

Percibo que hay cosas que puedo sentir al ver las imágenes de la barbarie, al leer sus relatos y al recibir la transmisión de su memoria. Pero noto también que se torna terriblemente dificultoso intentar retransmitir aquella realidad.

Pienso en esto recordando el humo de las chimeneas que Jorge Semprún describe en La escritura o la vida. Allí, el sobreviviente de Buchenwald recuerda cuando a poco de ser liberado ese campo de concentración, se encuentra con tres oficiales británicos a unos metros de la chimenea del horno crematorio. Y se da cuenta de la imposibilidad de que esos oficiales pudieran comprender lo que era la “realidad de la muerte” en ese lugar. “Se necesitarían horas, temporadas enteras, la eternidad de un relato para poder dar cuenta de una forma aproximada”, dice el escritor.

Es que a veces el lenguaje parece no bastar. Y por eso Semprún se refiere particularmente al olor que desprendía esa chimenea; un olor tan terrible que ni pájaros había ya en los árboles que rodeaban al campo de concentración. Un olor que guardaría en su extrañeza la memoria de esa chimenea humeante en el gueto de Buchenwald; un olor en el cual el escritor renacería permanentemente, y moriría para revivir en él.

Leo a Semprún y pienso en Hanus; y en las imágenes de Rosa Revsin; y en la escritura de Primo Levi y en la sentencia de Theodor Adorno sobre la barbaridad de escribir después de Auschwitz…

Quizá la única manera de transmitir el horror sea a través de la poesía.

 ***

Vuelvo sobre Semprún. El escritor español reflexiona sobre la posibilidad de contar la experiencia vivida en el campo de Buchenwald, y concluye que el problema no se encuentra en la forma de un relato posible sino en su sustancia. “No a su articulación, sino a su densidad”, dice. Y dice también que “sólo alcanzarán esta sustancia, esta densidad transparente, aquellos que sepan convertir su testimonio en un objeto artístico, en un espacio de creación. O de recreación. Únicamente el artificio de un relato dominado conseguirá transmitir parcialmente la verdad del testimonio”.

¿Qué lugar le queda a la historia en este escenario? Me refiero a la historia como ciencia, a la historia de la investigación metodológica que busca alcanzar con el mayor grado de certeza aquella realidad de lo que “verdaderamente sucedió”. Esa historia que ve –aunque se esmere en negarlo- cómo el horizonte deseado de una supuesta verdad se aleja inevitablemente con cada paso que da.

Es posible identificar al menos dos formas diferentes de reconstruir el pasado. Aunque muchas formas de decirlo. Por un lado, aquella que gusta –de manera figurativa, claro está – de las cámaras, del cine. Frente a una historia del cuento, de la narración potencialmente variable, esta historia a la que me refiero anhela el relato fiel e impersonal de la cinta de video, del archivo digital que puede reproducirse una y otra vez. Se trata de una historia que certifica la veracidad de un testimonio –y dejando ya la figuración de lado- a partir de la capacidad de quien los transmite de mantener en el tiempo la exposición que lo incluye como testigo, o como víctima. Es la historia que gusta de los datos y las precisiones. De la información cuantificable y verificable. Que gusta sobremanera de la verdad del documento y que en tal sentido lo venera; frente a la cual el testimonio convertido en el objeto artístico que anhela Semprún no puede salir sino dañado. O ignorado, que para el caso es lo mismo.

Una historia que abunda en los pasillos universitarios, y para la cual la cuestión de la indecibilidad no plantea demasiados problemas: es tan tangible –e importante para su relato- como la nada misma.

También hay una historia de orejas grandes y que gusta de la poesía. Una historia que sabe escuchar; o que al menos pone todo su esfuerzo en ello. Que se sabe tributaria de la polifonía de voces memoriosas aunque no niega la importancia que tiene el documento en su reconstrucción. Una historia que anhela comprender, además de explicar.

Una historia que enfrenta lo indecible, lo rodea y observa, como un cazador al acecho de su presa.

Hasta que finalmente ataca; y dice.

***

Cierto grado de indecibilidad, sospecho, está relacionado con la dificultad que provoca el hablar sobre aquello que no se vivió; pensar y pensarse sumergido en un horror capaz de superar toda posibilidad de ficción. Y mientras escribo esto no estoy pensando sólo desde el lugar que ocupamos quienes no estuvimos cerca de la barbarie, sino también por boca de quienes estando en medio de ella lograron salvarse y vivieron para transmitir ese recuerdo.

Primo Levi fue uno de ellos. Sobrevivió a Auschwitz y dedicó su vida a dar testimonio del infierno. Se enfrentó a lo indecible, y en la mayoría de los casos salió dolorosamente victorioso. Aún así, antes de su muerte, confesó que los verdaderos testigos son los que han visto a la Gorgona, los hundidos, los que han tocado fondo.

Reconoció que los otros, cómo él, son los salvados.

Reconoció, poniendo al límite quizá el mayor grado de indecibilidad, que los mejores han muerto todos. Que sobrevivieron los peores, y que desde entonces se encuentran en busca de una permanente justificación ante sí mismos y ante los demás. Dijo que los salvados de Auschwitz no eran los predestinados al bien, los portadores de un mensaje, sino que “preferentemente sobrevivían los peores, los egoístas, los violentos, los insensibles, los colaboradores de la ‘zona gris’, los espías”.

Son duras las palabras de Levi, aunque es posible que tenga razón. Es posible también que sean en sí mismas una justificación a su supervivencia de Auschwitz. Una supervivencia por la que sintió vergüenza; esa misma vergüenza que sintió cada día que otro y no él era seleccionado para completar con su cuerpo raquítico la inefable cámara de gas. Esa misma vergüenza –escribió Levi en La tregua- “que siente el justo ante la culpa cometida por otro, la que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla”.

***

Los infiernos terrestres han caracterizado al mundo del siglo XX, y marcan una clara línea de continuidad con la centuria recién comenzada. Terezín, Auschwitz, Dachau, Treblinka y Buchenwald, pero también el genocidio armenio, Hiroshima y Nagasaky; Irak, Palestina y Afganistán; Argentina, Chile, Uruguay; y tantos otros territorios que en distintos momentos conocieron de cerca el rostro del horror.

Las cárceles de hoy atestadas de detenidos, donde las enfermedades terminales y la desatención emulan sin pudor la eficacia mortal de las cámara de gas.

Mujeres golpeadas y asesinadas por sus maridos al otro lado de nuestros pasillos. Niños y niñas que por millones mueren por hambre ante la mirada esquiva de la sociedad.

Miseria.

Y todo ocurriendo en un mundo que parece no avergonzarse como Primo Levi lo hizo al sobrevivir el averno nazi.

A veces pienso que la indecibilidad de la barbarie nos atraviesa impunemente.

No se le puede, entonces, permitir el silencio.

***

 “No somos nosotros, los sobrevivientes, los verdaderos testigos”, escribió Primo Levi en Los hundidos y los salvados. Escribió también que “la historia de los Lager ha sido escrita casi exclusivamente por quienes, como yo, no han llegado hasta el fondo. Quienes lo han hecho no han vuelto, o su capacidad de observación estuvo paralizada por el sufrimiento y la incomprensión”.

¿No camina esta sentencia por el borde inexorable de la indecibilidad? ¿Quién puede hablar, entonces? ¿Quién debe hacerlo? Nadie ha regresado de la muerte para dibujar con colores el rostro de la parca. Es cierto. Pero sus contornos se conocen –o imaginan- a partir de las voces de quienes la tuvieron a su lado y respiraron su aliento.

Un aliento fétido que no puede ser olido por quien escucha, como no puede ser olido el hedor de las chimeneas de Buchenwald que Jorge Semprún describe en su escritura.

Pero puede ser comprendido.

Y es por eso que se tanto como la voz de quien conoció los ojos del espanto, se necesita del oído de alguien que quiera escuchar; de alguien que sepa entender y que finalmente pueda sentir. Porque es necesario que se cumpla ese proceso que el historiador judío Yosef Yerushalmi describe al hablar de la memoria, como movimiento dual de recepción y transmisión; porque es muy cierto que no se trata de poseer “buena memoria”, sino de ser atentos receptores y comprometidos transmisores de un recuerdo que se nos lega.

Como lo ha hecho, salvando las enormes distancias espaciales y temporales, el pueblo Mapuche, originario de la Patagonia argentino-chilena. Un pueblo que fue víctima de un genocidio perpetrado por los gobiernos de ambos países hacia fines del siglo XIX, y aún hoy su memoria y su costumbres sobreviven en medio de una civilización que se esmera en imponer su cultura. Porque han sabido hablar y han sabido escuchar. Porque su memoria es su historia, y su vida y su resistencia.

Porque decir lo indecible es una forma de luchar y resistir.

***

Quizá se encuentre aquí, entonces, la importancia de sentir lo indecible: porque ese es el camino para finalmente poder nombrarlo, decirlo, escucharlo, recibirlo y trasmitirlo.

Porque es necesario hacerlo.

Porque Primo Levi Jorge Semprún y tantos otros y otras que sobrevivieron a los campos de concentración lograron poner al límite los ambiguos márgenes de la indecibilidad para hablar y dar cuenta de la barbarie vivida en el infierno.

Porque Hanus Hachemburg y Ana Frank y muchos otros y otras que no volvieron también retaron la indecibilidad

 Porque ellos y ellas miraron a la barbarie a los ojos.

 La nombraron.

La dijeron.

****

(Este texto fue publicado originalmente en el libro de Madó Reznik (y Colectivo Heterogéneo), Día y Niebla. Terezín, encrucijada de poetas, Buenos Aires,  Enargeis-Edita, 2012, pp. 249-258)

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2 respuestas a La necesidad de sentir lo indecible, y decirlo

  1. Isabel dijo:

    Acompañar a victimas del terrorismo de estado en los juicios en Neuquen me llevó inevitablemente a la re lectura de Primo Levi, esta imposibilidad de poner palabras al horror, esta inevitable y recurrente posición “solo los que lo pasamos lo podemos entender”, dan cuenta de una vivencia de la que la historia académica nunca se podrá apropiar del todo, en mi humilde opinión. Estoy de acuerdo con la poesía como medio posible, mirá que bueno:

    Si esto es un hombre

    Los que vivís seguros
    En vuestras casas caldeadas
    Los que os encontráis, al volver por la tarde,
    La comida caliente y los rostros amigos:
    Considerad si es un hombre
    Quien trabaja en el fango
    Quien no conoce la paz
    Quien lucha por la mitad de un panecillo
    Quien muere por un sí o por un no.
    Considerad si es una mujer
    Quien no tiene cabellos ni nombre
    Ni fuerzas para recordarlo
    Vacía la mirada y frío el regazo
    Como una rana invernal.
    Pensad que esto ha sucedido:
    Os encomiendo estas palabras.
    Grabadlas en vuestros corazones
    Al estar en casa, al ir por la calle,
    Al acostaros, al levantaros;
    Repetídselas a vuestros hijos.
    O que vuestra casa se derrumbe,
    La enfermedad os imposibilite,
    Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

    (Primo Levi, Si esto es un hombre)

    PD: Me encantó el artículo.

    • Esas líneas con las que Levi inicia su libro son tremendas. Y no tengo dudas de la imposibilidad de la “historia académica” para representar determinadas experiencias. Y que es allí donde la poesía, el arte, se vuelven imprescindibles.
      Gracias Isabel por tus palabras. Te dejo un abrazo
      Pablo

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