Roca, su monumento y las barbaries de Romero


Por Pablo Scatizza, Ariel Petruccelli y Mauricio Suraci*

 

Entre las muchas virtudes que hacen a un buen historiador se cuentan la capacidad para comprender lo que le resulta extraño, el sentido de las proporciones y al menos un mínimo de precisión conceptual. Sería absurdo reclamarle a un historiador que se deshaga de sus pasiones, renuncie a sus opiniones o se despoje de sus valores. Pero el buen historiador debería ser capaz de controlarlas por medio de esas cualidades que acabamos de mencionar. Es ciertamente muy triste cuando un experimentado y prestigioso historiador deja ya de hacer honor a las virtudes de su profesión, sobre las cuales incluso ha pregonado. El caso del profesor Luis Alberto Romero –en particular su nota de opinión publicada en el diario Río Negro el 17/10/12 titulada “Roca, Hobsbawm y los nuevos bárbaros”– es una pieza que asombra por la acumulación de yerros históricos y teóricos en tan pocos párrafos. No le reprochamos por supuesto la exposición de sus opiniones o el haber desnudado sus valores: él tiene tanto derecho a los suyos como nosotros a los nuestros. Pero como historiadores y como profesores de historia no podemos evitar reprocharle el carácter insustancial o erróneo de sus argumentos.

Cabe aclarar que este artículo fue publicado en el diario Río Negro el 30/10/2012, aunque un tanto más recortado debido a condiciones de espacio que impuso el medio.

Vamos al grano. Romero expresa en el artículo su condena frente al intento de un grupo de vecinos de Bariloche por derrumbar el monumento a Roca que se encuentra en el Centro Cívico de esa ciudad; relativiza la masacre perpetrada por ese general por sobre los pueblos originarios, y demoniza a aquellos historiadores que apoyan la lucha y las reivindicaciones de esos pueblos, a quienes hace además “responsables de construir los mitos que movilizan a los nuevos bárbaros”. Y todo esto girando en torno a un eje que, cuanto menos, resulta forzado y sacado de contexto: el concepto de “barbarie” del recientemente fallecido Eric Hobsbawm.

No podemos negar que la estrategia argumentativa es muy oportuna, por no decir oportunista: hoy, mencionar al historiador inglés, cuando su cadáver está aún tibio y todos los medios hablan de él, tiene un impacto que hace un mes atrás no hubiera tenido. Lo lamentable del caso es que en su afán por sostener su argumento empieza y termina por tergiversar la idea que subyace en la obra de Hobsbawm, forzando la realidad que analiza para que entren a presión en la teoría que pretende sustentar.

Romero hace suya una de las la preocupaciones que tuvo Hobsbawm en sus últimos años, acerca de las nuevas formas de barbarie, “que se manifestaban con sangrienta violencia en el fundamentalismo religioso o en los nuevos nacionalismos. Ideologías y creencias de exclusión, de aniquilación del otro, engendradas por relatos históricos o míticos dañinos que traían en sí mismos, bajo un aspecto inocente, la semilla de la pasión enceguecedora”. Eso escribe Romero, parafraseando las ideas del historiador inglés. Pero Hobsbawm no pensaba en el pueblo mapuche. Ni siquiera en el conjunto de pueblos originarios de América. Mucho menos en quienes sin ser mapuches apoyan y reivindican sus reclamos. Miraba sobre todo a Europa y la fuerza de los nacionalismos subyacentes a cuanto conflicto bélico se desató en el siglo XX, pensaba en la ex Yugoslavia, en la Unión Soviética. Pero eso no parece importarle a Romero, quien extrapola sin más esa caracterización para describir a quienes protagonizaron el intento de derribar al general Roca con caballo y todo y, por extensión, a los mapuche y sus “intelectuales orgánicos”, si se nos permite la utilización del concepto gramsciano. Así los caracteriza, sin más, como grupos que actúan de manera agresiva y violenta “bajo el pretexto de afirmar su identidad”; una identidad que es “inventada” y que debe “afirmarse con actos de fuerza y con la referencia a un enemigo”.

Frente a esto, creemos que es urgente desandar semejante y peligrosa confusión. Peligrosa, sobre todo, porque si algo puede lograr una arenga de este tipo es promover una reacción violenta y directa contra quienes sólo tienen como objetivo concreto tirar abajo un pedazo de bronce.

El grupo en cuestión es un colectivo de gente mapuche y no mapuche, integrantes de organizaciones sociales y políticas, muchos jóvenes, estudiantes, vecinos, militantes sindicales, docentes e historiadores (“profesionales o no”, subraya Romero, para pegarle por elevación a Osvaldo Bayer) que desde hace varios años vienen realizando diferentes acciones para “desmonumentalizar a Roca”, con la idea de quitar de plazas, calles, escuelas y edificios públicos el nombre de este general, aunque no sólo el suyo sino también de todos aquellos responsables de las masacres cometidas sobre los pueblos originarios durante el proceso de expansión y consolidación del Estado nacional. Estos son los nuevos bárbaros, para Romero, que se creen “originarios” y definen su identidad “descargando sus iras sobre el general Roca”.

Parece desconocer el profesor Romero la multiplicidad de elementos que definen la identidad de un pueblo originario. No sólo eso, sino que duda de la posibilidad de su existencia. Dice el historiador: “Sin duda, la ‘originaria’ es una identidad problemática. En toda la humanidad no se conoce a nadie que sea absolutamente originario”. Presentado así, el “ser originario” no es más que una entelequia, de la que sólo escapan los primeros homínidos o, en términos religiosos, Adán y Eva. Desde luego que la identidad de “pueblos originarios” es problemática: pero ¿qué identidad o qué concepto no lo es? No nos negamos a problematizar las identidades y los conceptos. Pero si vamos a problematizarlos hay que problematizados a todos. Lo inaceptable es que el profesor Romero encuentre problemática la categoría “pueblo originario”, pero le parezca totalmente obvia y llana la categoría de “barbarie”. Y la cosa se agrava porque la gran mayoría de los historiadores e historiadoras emplean hoy el concepto de “pueblos originarios” (que es incluso un término jurídicamente reconocido que hace referencia a los pueblos que habitaban estos suelos antes de la llegada del “blanco”), mientras que casi nadie encuentra válido hablar de barbarie: un insulto antes que un concepto; una palabra imprecisa y prejuiciosa.

Es cierto que el concepto de genocidio es empleado erróneamente en muchos casos. Pero no se cuenta entre ellos las matanzas de los pueblos originarios por parte del Ejército Argentino. Tampoco hablar aquí de genocidio implica incurrir en el pecado de anacronismo, que tanto horroriza a Romero. El término genocidio, de hecho, fue creado recién en 1946, años después de acontecida la barbarie nazi (“barbarie”, aquí sí utilizada en los términos de Hobsbawm) que se quería describir. Pero el concepto en sí, la idea que representa esa palabra, existía desde mucho tiempo antes: cuando Fray Bartolomé de las Casas denunciaba en el siglo XVI esas “hecatombes de indios” estaba denunciando un genocidio en otros términos, y apenas tres décadas separan las matanzas de Roca del que habitualmente es considerado el primer genocidio del siglo XX: el armenio. Por lo demás, nos da cierto pudor tener que recordarle al profesor Romero que lo anacrónico es imputar a los actores unas ideas, un lenguaje o unos valores de los que no disponían; pero no es anacrónico que un historiador cree o emplee conceptos que no son los de los actores para describir o explicar algún proceso.

¿Es correcto, como dice Romero, que “no podemos juzgar atinadamente las acciones de los hombres sino con los valores de su tiempo”? No, no es correcto. Lo que el profesor Romero debiera haber dicho es que no podemos comprenderlos si no es a la luz de los valores de su tiempo; pero si hemos de juzgarlos, sólo podemos hacerlo a partir de nuestros valores. Comprender y juzgar no son la misma cosa. Romero debería saberlo. Como también debería saber, o al menos darse cuenta, de que cuando se erige o se escracha un monumento en el siglo XXI no se trata de impugnar o defender ciertos valores en el siglo XIX, sino de si glorificamos o condenamos esos valores aquí y ahora. Como historiadores podemos ciertamente entender las causas que produjeron la esclavitud, la inquisición, el machismo o los sacrificios humanos, así como comprender las razones que tornaron justificables esas prácticas e instituciones. ¿Pero significa esta capacidad comprensiva que deberíamos comprometernos y apoyar una tentativa contemporánea por erigir monumentos a la esclavitud, la inquisición, el machismo o los asesinatos rituales? El monumento a Roca habla menos del general y de sus valores, que de los valores de quienes hoy y aquí deben afirmar su identidad (afirmación que no parece preocuparle al profesor) por medio de su glorificación.

Como persona y como ciudadano Romero tiene pleno derecho a considerar un escrache como un acto de barbarie. Pero como historiador debería mostrar un mínimo sentido de las proporciones: si querer tirar abajo un monumento es un acto de barbarie, ¿qué calificativo le pondría a la tortura, a los campos de concentración, al secuestro y desaparición de personas, al bombardeo de ciudades o las cámaras de gas?

* Historiadores/Universidad Nacional del Comahue

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