Crónica de una fuga


La escuelita, según la imaginación de Pedro (mi hijo) a sus 7 años

Pegó la última pitada a su cigarro y lo arrojó sobre la calle de tierra. Lo pisó. Levantó la mirada, respiró hondo. De vuelta en Plottier, Hugo tenía algo que hacer. El viaje a Viedma no había sido en vano, y con el dinero que le había dado el partido las compañeras que estaban guardadas en una chacra podrían zafar un tiempo más. O escapar, que para entonces era casi lo mismo.

Hurgó en los bolsillos de su jean gastado bucando unas monedas. Miró el reloj. Aún había tiempo para un trago en el boliche que estaba frente a la obra en la que trabajaba. Quedaba camino a su casa, y hacia allí se dirigió. Saludó, como de costumbre, levantando la cabeza, sonriendo, y pidió un vino. El Gordo lo miró desde atrás de la barra. Terminó de fajinar un vaso y colgó el trapo sobre su hombro. “Che, te anda buscando la cana a vos”, dijo mientras destapaba una botella. “Andan dos coches; tipos de civil. Son de la pesada, del Comando. A uno yo lo juno”. Hugo apuró el vaso, recogió el bolso que había dejado en el piso, y salió.

Hacía ya unos meses que los militares controlaban oficialmente el Estado argentino y la vida de casi todos habitaba involuntariamente bajo un halo de sospecha asesina. “Primero mataremos a todos los subversivos; después, a sus colaboradores; después, a sus simpatizantes; enseguida… a aquellos que permanezcan indiferentes; y finalmente, mataremos a los tímidos”. Fue en mayo de 1977 cuando el gobernador de Buenos Aires, Ibérico Saint Jean, dijo esa máxima que sintetizaría el alma de la dictadura iniciada un año antes. No era necesario haber actuado políticamente. Mucho menos haber sido un guerrillero o un militante de armas tomar para ser un potencial objetivo de la razzia policíaca y militar. El país entero estaba bajo sospecha, porque esa sospecha formaba parte de la lógica genocida que intentaba destruir un tipo creciente de relaciones sociales; un germen que en toda Latinoamérica venía creciendo hacía más de una década.

Hugo Obed Inostroza Arroyo formaba parte de esa sociedad sospechada. Habitaba este suelo y eso era suficiente. A ello se le sumaba un agravante en la lógica represiva: desde el año 72 integraba las filas del PRT-ERP como uno de los responsables de la regional local. Era también delegado gremial en la constructora en la que trabajaba. Número puesto. Por algo estaba siendo buscado por el Ejército y un pedido de captura circulaba con su nombre.

Había viajado a Viedma a una reunión del partido, donde informó acerca de la situación de un grupo de compañeras escondidas en una chacra. Algunas eran militantes; otras simpatizantes. Muchas con hijos. Y había que sacarlas de allí. Para ello Hugo necesitaba dinero, y con efectivo en un pequeño paquete había regresado a Plottier ese 25 de agosto de 1976. En la puerta del bar, volvió a respirar hondo y partió rumbo a su casa. “Dejo la guita y me borro”, masculló. “Alguien pasará a buscarla después para llevárselo a las compañeras”.

Cruzó el pueblo con destino a su hogar y percibió algo raro en el aire. Una sensación de extrañeza rayana al peligro… al miedo. En la esquina de su casa había un grupo de 15 soldados trabajando en la calle, junto a un oficial. Los conocía. Hacía un par de meses que estaban en el lugar reparando la acera. Era común entonces que los milicos hicieran tareas de ese tipo, y no sospechó. Los saludó. Ingresó a su casa, besó a su compañera y le dijo: “parece que la cosa está brava”. Ella también militaba en la Orga y supo muy bien de qué estaba hablando. Saludó a su hijo mayor y le dio el paquete para que se lo llevara al Negro, un compañero del MID que colaboraba con en el PRT. Él sabría qué hacer.

“Papí, te buscan dos señores”, le dijo su hija entrando a la casa con sus siete años a cuestas. Detrás de ella, dos monos de civil irrumpen en la vivienda y lo encañonan. Golpean a su compañera y a su hijo mayor, quien recién regresaba del mandado que le había encargado su padre. Hugo trató de huir pero los vidrios cortados que aseguraban el paredón se lo prohibieron. Lo subieron a los golpes a uno de los vehículos en los que se movilizaban sus secuestradores, con las manos atadas en la espalda.

Desde el interior pudo ver que su hijo arrojó una piedra al auto. Uno de los milicos, raso él, reaccionó, sacó su arma y le apuntó. Fue un colimba que estaba en la obra el que le levantó el brazo antes de que apretara el gatillo. “Cómo se te ocurre dispararle a un pibe, boludo” lo interpeló. “Pero si a estos hijos de puta hay que matarle a los chicos”, respondió el milico mientras bajaba su arma reglamentaria. Las palabras del Comandante aún resonaban en su cabeza. Habían sido claras. “Los subversivos son como los árboles. Si les cortamos las ramas, el árbol no se elimina. No sólo eso, sino que vuelve a crecer con más fuerza. Por eso, hay que cortarlo de cuajo, destruir su tronco, arrancar cada una de sus raíces, y asegurarse que no quede ningún brote”. Es en esa lógica en la que se pueden comprender los secuestros y desapariciones de niños y recién nacidos. Quinientos brotes. Sólo cien volvieron a nacer.

Pese a los golpes que iba recibiendo arriba del auto y a las quemaduras con cigarrillos, Hugo prestó atención al recorrido. Bajo la oscura capucha se agudizaron los sentidos, y pudo sentir que marchaban por la ruta 22 hacia Neuquén. Un rato más tarde el vehículo dobló hacia la derecha y tomó por un camino de piedra. Se detuvo, dió un par de bocinazos y volvió a avanzar. Allí Hugo fue empujado del auto y sus manos se hundieron en el pedregullo. A los golpes e insultos lo metieron en un galpón donde lo desnudaron para luego atarlo de pies y manos a un camastro de metal. Comenzaba el terror, y La Escuelita será el lugar donde Hugo conocería su rostro.

Osvaldo René Aspitarte fue el comandante del V Cuerpo del Ejército que dio la orden, y el coronel Eduardo Contreras Santillán, a cargo del Comando de la VI Brigada de Infantería de Montaña, quien la llevó a cabo. Había que construir un centro clandestino de detención en la zona. Como en Bahía Blanca. Como en Tucumán. Como los 340 que poblaron el país durante la dictadura. El plan represivo del Ejército incluía a muchos jóvenes militantes, y era necesario contar con un lugar para tenerlos secuestrados. Una especie de campo de concentración. Para torturarlos. Eventualmente asesinarlos, o desaparecerlos. Debía ser clandestino, secreto. Ya no se podía seguir utilizando para tal fin la Delegación local de la Policía Federal. No era lo suficientemente grande ni aislada como para evitar que los gritos de la carne desgarrada se escucharan desde la Santiago del Estero. Era una calle muy céntrica y transitada. Lo mismo pasaba con la Comisaría de Cipolletti.

El 8 de junio de 1976 los milicos estuvieron de estreno. El lugar fue llamado La Escuelita, aunque también le decían Canta Claro. Allí se les enseñaba a cantar a los detenidos, dicen que decían. Y la picana hacía las veces de batuta. Quienes manejaban, esa batuta, todavía están libres. Aquella noche ingresaron secuestrados una decena de jóvenes. La mayoría de ellos hacía teatro, pero lo que preocupaba a los milicos era su militancia política. Los había del PI y del PJ. También del ERP, al igual que Hugo. Desde entonces, cuarenta y ocho fueron las voces que allí cantaron, aunque no siempre la música que la batuta exigía. Muchos de ellos aún hoy siguen desaparecidos.

Desnudo sobre esa cama de metal, el cuerpo de Hugo se retorció frente a la primera descarga. La punta de los cables comenzaron recorriendo sus testículos. También pasaron por sus encías, por sus pies, por sus manos. Escuchó preguntas sobre sus compañeros, sus compañeras, direcciones dónde ubicarlos, información. Era lo que preguntaban siempre, y Hugo lo había previsto. El minuto era lo único que lo haría ganar tiempo… o aletargar su muerte.

“Hablá, boludo, yo te puedo ayudar. Una vez que hablás, yo te pongo una inyección, te dormís y te sacan. Y te llevan a tu casa… piola”, le había dicho un médico que hacía de bueno. Era parte de la lógica del chupadero y Hugo lo sabía muy bien. Primero la máquina y los golpes; una buena biaba para provocar el estado de shock. Después venía el que la jugaba de bueno, el que te comía la cabeza y te decía que mejor que les dijeras algo porque si no la cosa se pondría peor. El pánico se apoderaba del cuerpo y la mente se transformaba en un mar turbulento. Y de vuelta la máquina para completar el circulo.

“A las diez me iba a encontrar con el Petiso, que es mi contacto en Plottier. En la esquina de San Martín y Houssay. Tiene una campera negra y anda en una bicicleta negra”, fue lo que dijo Hugo cuando su cuerpo dejó de retorcerse en el camastro. El Petiso no existía pero sí la esquina a la que un grupo de tareas fue a buscarlo. Pero el Falcon volvió vacío y la picana retomó su trabajo sobre el cuerpo ya destrozado.

Lo contingente es parte inherente en la historia de las sociedades. El azar hace y deshace en la vida de hombres y mujeres, para bien y para mal. Muchas veces, incluso, termina decidiendo su destino. Como lo decidió en la vida de Hugo, aquella noche fría de invierno en La Escuelita de Neuquén.

El torturador decidió tomar un descanso. Lo agotaba pasar los cables con corriente por los cuerpos desnudos, verlos retorcerse; sujetar una y otra vez sus muñecas al camastro, escucharlos putear, escupir, gritar. Esto último realmente lo exasperaba. Los gritos viscerales, ahogados, nauseabundos. Y lo cebaba. Como una bestia que busca más carne luego de una bacanal. Por eso le costaba encontrar el límite entre la orden que le era impartida y el goce libidinoso que le producía su tarea.

Hugo sintió entonces que le aflojaban una de las esposas y le juntaban sus manos por sobre la cabeza, abandonando la postura en X con la que había estado durante horas sobre el camastro de metal. Y quedó solo, tratando de calmar a su cuerpo que no dejaba de temblar. “No podré aguantar otra paliza como ésta”, pensó. “No doy más”, dijo llorando, mientras comenzaba a hacer fuerza para pasar su cabeza por entre sus muñecas esposadas, para romperse la nuez que en el cuello diferencia a hombres y mujeres. “No les voy a dar el gusto de que sean ustedes los que me maten, hijos de puta”, murmuró mientras forzaba sus ataduras para que esas fueran las últimas palabras que dijera en su vida. Pero no lo logró. Una de sus esposas no había quedado bien ajustada y Hugo sintió como comenzaba a zafarse. Su delgadez y la transpiración ayudaron a esa cuota de azar, que se completó cuando vio sus manos liberadas, solo en la sala de torturas y con la adrenalina suficiente para quitarse los cables que aún tenía conectados al cuerpo, ubicar en la oscuridad el jean gastado que estaba tirado en el piso, ponérselo a las apuradas y salir de ese lugar.

Un certero golpe dejó al guardia fuera de combate, y Hugo pudo escabullir su humanidad por entre unos pastos que crecían altos en una esquina del terreno. Había encontrado en su salida del galpón ese palo que sorprendió al milico impactando en su cara. Escuchó gritos, puteadas, órdenes de abrir fuego. Luego una lluvia de balas que enloquecidas cortaban el aire de esa fría noche de invierno. Y de pronto, el ardor en su pierna. Un dolor punzante que quedó en segundo plano frente al deseo de vivir. Ese deseo que apenas minutos antes había sido su antagónico. Y vivir significaba arrastrarse con el cuerpo pegado a la tierra, correr, esconderse. Desaparecer.

Y la contingencia volvió a aparecer en la vida de Hugo. Una vez más volvió a garabatear en el destino que él mismo estaba escribiendo. Esta vez, tuvo forma de soldado. Quizá tan sorprendido como el fugitivo, tal vez por piadoso. Quien sabe si no fue por cagón. Pero ese soldado con el que Hugo se topó en su huída no hizo lo que debía. No cumplió con la orden que le habían impartido minutos antes. No le disparó. Lo miró fijamente, parado; con el fusil cargado y presto para ser gatillado. Con el vapor de su aliento agitado confundiéndose con el de su potencial víctima por unos pocos segundos que parecieron ser eternos. Hasta que su mano, esa que conducía el arma, se elevó por sobre la cabeza de Hugo, varios metros, haciendo que las balas sedientas de sangre tuvieran que conformarse por beber el rocío que caía frío desde el cielo.

Fin

Neuquén, marzo de 2011.

(Publicada originalmente en (8300)Web )

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